Así que, queridos seguidores, ayer decidí salir de caza otra vez. No es que sea fácil encontrar un hombre que cumpla con mis requisitos —que no tiemble como flan cuando me ve desnuda, que no se crea que con dos empujones ya está todo hecho, y que, por favor, tenga algo de imaginación—. Pero lo intento, porque una no se rinde tan fácil. Total, que me puse mi vestido rojo, ese que mi marido dice que es 'demasiado' pero que nunca se atreve a arrancarme, y me fui al bar de la esquina.
Allí estaba él: moreno, con manos grandes y una sonrisa que prometía problemas. No os voy a aburrir con los detalles de la charla —total, no hablamos mucho—, pero digamos que en menos de una hora ya estábamos en su coche, y en menos de dos ya sabía que había encontrado lo que buscaba. Dura, sí, pero con ese punto justo de desesperación que me vuelve loca. Me la metió como si quisiera partirme en dos, y por un momento olvidé que en casa tengo a un pobre diablo que ni sabe dónde está el clítoris.
Cuando volví, mi marido estaba en el sofá, con su mano en los pantalones como siempre, mirando el techo como si ahí estuviera la respuesta a su vida. Le sonreí, le dejé un beso en la frente y me fui a la ducha. Que siga soñando con lo que no se atreve a pedirme.
¿Qué culpa tengo yo de que me guste follar con otros hombres que no son mi marido? Ninguna, os lo digo yo. Una tiene necesidades, y si mi marido no las cubre, pues que no se queje de que otros lo hagan por él. El cornudo de mi marido es un sirviente para mis amantes y para mí, y lo lleva en la sangre, creedme. No hay más que verle la cara cuando llegan a casa: se le ilumina, el muy idiota, como si le fueran a dar un premio.
Cuando yo quiero, mis amantes usan a mi marido como su puta personal. Y él, tan obediente, tan patético, ni rechista. Ayer mismo, mientras uno de ellos me tenía contra la pared —de esos que saben lo que hacen, con manos firmes y una polla que no pide permiso—, mi marido estaba ahí, de rodillas, limpiándole las botas al otro con la lengua. Y luego, cuando terminaron conmigo, lo pusieron a cuatro patas y se turnaron con él. Yo me reía desde la cama, fumándome un cigarro, pensando en lo bien que me sienta esta vida.
Él no se queja, ojo. Creo que hasta le gusta. Y si no le gusta, que se joda. Total, para lo que sirve...
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